Me llamo
Victor Aguilar, y aunque no termino de comprender que significa, soy un
Asesino.
Supongo que si
habéis venido hoy aquí es porque queréis que os cuente mi historia. Es posible
que alguna vez hayáis leído algún libro, o visto alguna película que trata
sobre una sociedad secreta, infiltrada en política, ciencia, religión y demás,
dominando el mundo desde las sombras. Pues mi historia es muy parecida a esas,
pero con una pequeña diferencia: La mía es real.
Podría
contaros toda la historia de nuestra orden, como sus remotos orígenes medievales.
O sobre como pasamos a la clandestinidad. O sobre como seguimos luchando por la
libertad de la gente. Pero narrar una historia así llevaría mucho tiempo. Y
escribir no es precisamente una de mis mayores cualidades.
Asique me
limitaré a contar como pase de ser un chaval normal y corriente a ser un guerrero
en una guerra milenaria.
Esta historia
comienza el mismo día que cumplí dieciocho años, el día de San Juan. Quizás esa
noche no signifique nada especial para vosotros. Pero para mí, que durante toda
mi vida he vivido en Alicante, se trata de una noche especial. Técnicamente no
es mi cumpleaños, pues no sé en que día exacto nací. Nunca conocí a mis
verdaderos padres. Sí, soy adoptado. Por eso mi familia celebraba mi cumpleaños
ese día: era el día en que firmaron los papeles que me convirtieron a ojos de
todos en sus hijos. Si queréis saber algo de ellos, basta con decir que mi
madre era de ese tipo de drogadictos aceptados por la sociedad, tomando todo
tipo de antidepresivos que le anulaban la voluntad, y que mi padre era un alcohólico
cuya mayor afición era golpearme y convertirme en el blanco de su ira,
probablemente provocada por su propia esterilidad
.
Como podréis
imaginar, mi infancia no fue precisamente un mar de rosas. Mi querida familia y
yo vivíamos en uno de los barrios más conflictivos de la ciudad, asique era de
ese tipo de críos canallas que pasaba el día tocando las pelotas a todo el que
veía. Y la verdad, no era de extrañar que me metiese en líos. Pero, sin saber
como, siempre lograba escapar sin graves consecuencias. Tenía una extraña
capacidad para saber si la gente de mí alrededor podían resultar un peligro
acechante, un posible aliado, o simplemente gente sin importancia. El día que
descubrí que significaba este don, fue uno de los más increíbles de mi vida.
Pero ya llegaremos a eso.
Cuando crecí
un poco más y llegué a mi adolescencia, se puso de moda una especie de deporte
urbano un tanto arriesgado: el parkour. Consistía en moverse por la ciudad
saltando por edificios, haciendo piruetas y usando todo el inmobiliario urbano
como tu particular cama elástica. Había gente que conseguía hacer cosas increíbles
con mucha esfuerzo. Yo, sin embargo, despunté desde el primer día. Visualizaba
en mi mente los movimientos más increíbles, y mi cuerpo simplemente los seguía.
Como si en mi mente algo me recordase como hacerlo.
Fue
precisamente durante esa época cuando empecé a tener sueños bastante raros. En
ellos me veía a mi mismo como un hombre totalmente vestido de blanco, con una
capucha tapándome el rostro, haciendo parkour por edificios de ciudades
desconocidas, para finalmente acabar asesinando a un tipo que huía de mí.
Así pasaron
varios años, en los que cada vez me iba convirtiendo en un chico cada vez más
problemático, bastante poco dado a acatar las normas. Tanto las impuestas por
la autoridad, como todos esos convencionalismos sociales. Como aprendí mucho
después “Nada es verdad. Todo está permitido”.
En fin. Solo
diré que era joven… y estúpido.
Volviendo a como me convertí en un Asesino, ocurrió
durante uno de los días más extraños que he vivido en toda mi vida. Al menos
hasta ese momento.
Como ya he
dicho, ocurrió el día de mi 18 cumpleaños. La Noche de San Juan.
Hacía pocos
días que había terminado el instituto, con unas notas que mejor no comentar.
Entre otras cosas, porque no vienen al caso. Lo más destacado de mi último año de
estudiantes, fue que le toqué las narices al tío más cabrón del instituto. Y a
su novia le toqué otras cosas. En definitiva, me la tenía jurada. Pues decidió devolvérmela
como regalo de cumpleaños.
Los que no hayáis
estado nunca en mi ciudad natal, deberíais
saber que esa noche se celebra una gran fiesta en la playa, en la que todo el mundo
enciende hogueras en la playa para celebrar la entrada del verano, y de paso
emborracharse y darse un baño nocturno. Pues esa vez, después de pasar un día
divertido peleando a puñetazos con mi padre, que se saldó con un ojo morado
para mí, me dirigí hacia la playa en busca de mis amigos. Creedme, no es tarea fácil
encontrar a tus amigos entre tanta gente.
Quizás fuese
debido a los nervios de la pelea familiar. Quizás fuese debido a las cervezas
que ya llevaba en el cuerpo. O quizás simplemente fuese debido a que me creía
intocable, pero mi sexto sentido falló, y no vi como se abalanzaban dos moles
sobre mí, metiéndome a rastras en la parte de atrás de un coche. Conocía ese
coche. Era el del cabrito cornudo ¡SORPRESA!
No sabría
decir cuanto tiempo estuvimos dando vueltas, porque, como comprenderéis, pasé
la mayor parte del tiempo intentando liberarme de los dos mastodontes que me retenían.
Pero el caso es que llegamos hasta un parking por el que pasaba bastante a
menudo, pues estaba situado cerca de mi pub favorito. Y allí me dieron una
paliza como nunca me habían dado… al menos hasta ese momento.
Por primera
vez en toda mi vida pensé que no saldría de esa. Pero, contra todo pronóstico,
alguien me salvó. No pude ver bien que había pasado, porque si antes de empezar
tenía un ojo hinchado, ahora eran los dos.
Pero sí recuerdo ver a alguien dándoles una soberana paliza. Noté el
amargo sabor de la sangre cuando sonreí. Debía tener un aspecto patético.
Tras hacer
huir a aquellos capullos en dirección al hospital más cercano (estaban tan
cagados que se dejaron hasta el coche), mi salvador me cogió de la pechera y me
levantó. Era un poco más alto que yo. Pero había algo en el muy raro: pese a la
alta temperatura, llevaba puesta una capucha blanca que le tapaba la cara.
Su voz al
hablarme se quedó marcada para siempre en mi memoria. Fue el inicio de mi nueva
vida:
-Joder, ¡serás
capullo! Llevo diecisiete años buscándote, y al encontrarte tengo que salvarte
de una panda de nenazas. Espero que lleves pasta, porque me debes una cerveza,
y tengo muchas cosas que contarte.