lunes, 17 de septiembre de 2012

Soy un Asesino (II)


Dicen que los grandes cambios en la vida no se producen de forma radical. Que te levantes una mañana siendo una persona, y al acabar toda tu vida sea radicalmente distinta. Que los cambios fundamentales llevan su tiempo. En mi caso... esto no es así.

Esa noche, la noche de San Juan en la que supuestamente cumplía 18 años, fue la que produjo una revolución en mi existencia.

Después de sacarme de aquel parking y ayudarme a limpiarme la sangre de la cara (desde ese día, una de las muelas de la izquierda no ha parado de moverse), me dijo que debíamos ir a algún lugar que frecuentase a menudo. Un lugar con mucha gente. No tuve que pensar mucho a donde ir.

El local era bastante pequeño para la cantidad de gente que solía ocuparlo todos los fines de semana. Las paredes estaban repletas de carteles pertenecientes a portadas de discos de Heavy Metal y festivales de música. En una esquina había un futbolín que siempre estaba ocupado. Había que llevar cuidado al dirigirse a la puerta de los baños, pues el aparato de aire acondicionado estaba estropeado siempre, y no dejaba de gotear. Y si el atuendo de mi compañero ya destacaba en la calle, allí, donde la mayoría de gente iba de negro, su camisa blanca y su capucha eran como un cartel luminoso que dijese "Hola. Estoy aquí"

Pedimos dos buenas jarras de cerveza y fuimos a un rincón para poder hablar sin que nos molestasen. El elevado volumen de la música ambiente, hacia que tuviese que inclinarme mucho para poder oírlo.

No sé cuanto tiempo pasamos hablando. No sé cuantas cervezas tomamos. No recuerdo nada de esa noche, salvo la conversación que tuvimos. La cantidad de información que recibí esa noche hizo que todo mi mundo se pusiese patas arriba.

Ese hombre, mi extraño acompañante era un Asesino, un antiguo credo árabe, que se creó durante las cruzadas. Sus miembros eran especialistas en asesinar a determinados personajes. Tiempo después, se vieron obligados a separarse. Pero esto fue sólo una estrategia para pasar a la clandestinidad y poder enfrentar sin problemas a sus enemigos jurados: Los Templarios (A mi también me pareció que esto sonaba a novela cutre de policías, pero os aseguro que es más real de lo que podéis imaginar). Y sí, su supuesta disolución también fue una estrategia para pasar a la clandestinidad.

Desde su paso a la clandestinidad, se fueron expandiendo por el mundo. Algunos de los personajes más influyentes de toda la historia, han pertenecido a alguno de estos dos grupos clandestinos.

-... Y actualmente son los dueños de una de las empresas más importantes del mundo- concluyó.

- ¿Apple? - dije yo. No podía imaginar empresa más sectaría e influyente.

-¡No! Y tomate esto en serio- me reprendió cabreado-. Hablo de Abstergo. Es una empresa dueña de las más famosas. Y son la tapadera de los templarios.

-¡¿Y que diablos pinto yo en todos esto?!

-Tú eres una pieza importante. Tú eres...

"¡Exit Light! ¡Enter Night!"

Se interrumpió cuando su móvil empezó a sonar. Y joder, que pedazo de móvil.

-¿Sí? ¿Dónde?- se giró y miró fijamente a un tipo acodado en la barra con una jarra de cerveza en la mano- Lo veo. Está bien. Estad preparados para salir. ¿Está el salto listo? Perfecto- Colgó el móvil y se dirigió a mí-. Nos han descubierto. Te he encontrado justo a tiempo. Ahora tenemos que irnos de aquí. En cuanto salgamos del bar, corre calle abajo, sin mirar atrás. Yo lo contendré. ¿Entendido?

- ¿Pero de que va todo esto? Vale que me has salvado el culo. Pero después empiezas a soltar un rollo sobre Templarios y mierdas, ¿y quieres que te crea? ¿Que me crea qué estoy metido en una puta guerra entre sociedades secretas?

- Es cosa tuya creerme o no. Pero si quieres seguir viviendo, deberías- la convicción en sus ojos dejaba poco espacio a la duda.

-Está bien. Vamos.

Salimos del bar a paso tranquilo, como si no ocurriese nada extraño. Al pasar a su lado me fije en el hombre de la barra. Parecía tener un bulto extraño en la cintura. No me gustaba nada. En cuanto atravesamos las puertas dobles, corrí entre la gente, bajando calle abajo... sin saber muy bien donde.

Escuché unos gritos detrás de mi, y la gente abriendo paso a mi compañero. La manga de su camisa estaba roja. Y parecía tener una cuchilla pegada a su mano.

¡CORRE! ¡NO TE PARES! ¡VE DIRECTO AL PUERTO! - mientras gritaba y corría hacia mi, hizo un movimiento con el brazo, y el brillo de su mano desapareció.

El subidón de adrenalina hizo que no notase el cansancio hasta que llegamos al objetivo. Gracias a mis técnicas de parkour pudimos atajar bastante y esquivar los coches. todo con tal de no parar de correr.

Una vez al lado del mar, nos dirigimos hacía uno de los hoteles más grandes de la ciudad. ¿Qué hacíamos allí? Subimos rápidamente hasta una de las últimas plantas. Frente a una puerta, el encapuchado tocó uno de las puertas. Acto seguido la puerta se abrió y nos metimos en la habitación.

Dentro había dos personas: Uno era un tipo bajito con gafas, encorvado sobre un ordenador portátil. Llevaba la misma camisa que mi compañero , pero con la capucha quitada. Cuando vi a la otra persona sólo pude decir:

-¡QUE PEDAZO DE TETAS!

Acto seguido, noté un pinchazo frío en el cuello y una melodiosa voz con acento italiano en mi oído.

-Vuelve a hacer un comentario así, y estás muerto, ¡pazzo!

-¡SOFÍA!- gritó mi compañero- No tenemos tiempo para esto. William ha llamdo. Nos han descubierto. Tecla, comprueba si podemos salir.

El hombre de gafas se dirigió a la ventana y la abrió. Asomó medio cuerpo y se volvió hacia nosotros.

-Joder, Cristian, han cerrado el contenedor. Tendré que bajar y abrirlo.

-Está bien, date prisa- Asique mi compañero se llamaba Cristian. Ya sabía algo más de él.

El tal tecla se asomó por la ventana, sacó el cuerpo y desapareció.

Asustado, corrí hacia la ventana para ver si estaba bien, y vi que estaba descendiendo por el edificio, con movimientos rápidos y precisos, que nadie esperaría en una persona como él, que parecía un ratón de biblioteca. Cuando llegó al suelo, se dirigió hacia un contener que estaba justo debajo de la ventana y lo abrió. ¿Eso que había dentro era paja? ¿Por qué querían un contenedor de paja justo bajo la ventana?

-¡Aparta!- Me gritó Sofía y se dirigió corriendo hacia la ventana. Se puso en cuclillas y saltó. Hizo un quiebro en el aire y cayó gracilmente sobre la paja.

Era imposible no matarse después de un salto así, pero la vi salir del contenedor sin un rasguño y dirigirse hacía un coche aparcado al lado.

-Bueno, es nuestro turno- Me dijo Cristian-. Como es tu primera vez, yo saltaré contigo. Tu cuerpo durante el salto buscará la mejor posición. Te lo aseguro.

Los dos nos dirigimos hacia la ventana. Yo estaba totalmente cagado. ¿Quería que saltarse desde tan alto?

Todas mis dudas se disiparon cuando hoy un fuerte estruendo proveniente de la habitación y un punzante dolor en el hombro. Lo último que recuerdo fue a Cristian cogiendo por la cintura y saltando. Y al hombre que habiamos visto antes. Ensangrentando y apuntandonos con un arma. Listo para volver a disparar

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